“Quin ōctlamati noyōllo, niccaqui in cuīcatl, niquitta in xōchitl ¡Māca in cuetlahuia in Tlālticpac!”
“Al fin comprendí mi corazón, escucho el canto, veo las flores ¡Que no marchiten en la Tierra!”
Hace muchos años, en tiempos del quinto Sol, antes de que nacieran los abuelos de mis abuelos, cuando los patos tenían dientes y no existían las flores, en un tiempo en el que los hombres amaban a los Dioses y los Dioses a los hombres, nació una pequeña niña. Nació tan pequeña como un grano de maíz. Sus padres, y eso pocos lo saben, fueron la Coatlicue y Tlaloc. Xóchitl, pues así la llamó su madre, nació en el campo. La Coatlicue, por miedo a que se descubra su traición la dejó ahí a la intemperie. Pensó que pronto pasaría por ahí alguna fiera y la devoraría. Xóchitl, pequeña e indefensa, a pesar de sufrir frío y hambre, no abría la boca para llorar.
A Huitzilopochtli, señor del Sol, le gustaba recorrer el mundo en su forma humana, para medir sus fuerzas con los hombres. Como todo dios, era presuntuoso y soberbio, le gustaba saberse superior. En una de tantas caminatas, se encontró con Xóchitl. La hubiera pisado, pues ella se había acurrucado sobre el pasto, si no fuera porque esta gritó.
Huitzilopochtli tomó a la pequeña niña en sus manos. Su voz y su apariencia eran tan bellas y su aroma tan dulce que no pudo más que admirarla. Meció a la niña mientras le cantaba hasta que esta se durmió. Por el camino, le susurraba que ella sería su esposa cuando creciera.
La dejó en el poblado más cercano, Xaltocán, donde una anciana se hizo cargo de la niña. Xóchitl creció rápidamente. Ahora no solo era hermosa, sino que hablaba bellamente. Abría la boca para decir algo y todos se quedaban prendidos de ella. No en vano tenía tantos pretendientes. Huitzilopochtli, al ver eso y temiendo que alguno la enamore, se apresuró a ir por Xóchitl. Estaba tan orgulloso de la que sería su mujer, que rápidamente lo anunció a todos.
La fue a presentar a su madre, la Coatlicue. Cuando esta la reconoció, se horrorizó. Si Huitzipochtli se enteraba de que Xóchitl era su hermana, su madre era la que lo pagaría caro.
Xóchitl se despertó cuando la Luna seguía en el cielo, había escuchado un sonido que no conocía. Salió de la casa, donde aún dormía Huitzilopochtli, y subió a la colina. Vio que quien cantaba era el tecolote.
La Cuatlicue mandó a un campesino a matarla, prometiéndole buena cosecha durante todo el año, pero para hacerlo, dado que ella era hija de los dioses, debía de sacarle el corazón.
El campesino la esperaba en la colina, entre los arbustos y la acuchilló para sacarle el corazón. Al principio se contentó de haber realizado la tarea, pero al ver que su corazón no dejaba de latir, asustado decidió enterrarlo. El cuerpo de la joven se comieron las fieras durante la noche.
Cuando Huitzilopochtli despertó, no vio a su esposa a su lado. Comenzó a buscarla pero no la encontró. Una profunda tristeza se instaló en su corazón. Dejo su forma humana y empezó a vagar por el cielo cuando desde arriba vio algo en la colina. Algo que nunca había visto, pero que le recordó tanto a Xóchitl, que comenzó a llorar. Sobre la colina, dónde el campesino enterró su corazón, había crecido la primera flor. No en vano algunas flores siguen al Sol durante su travesía sobre el cielo, en cada una de ellas quedó algo del amor que Xóchitl le profesaba a Huitzilopochtli. Tampoco en vano el hablar florido o bello, como la poesía en los códices se simboliza con una flor sobre lo hablado. Pero lo que también tiene su porqué son los sacrificios en honor al Sol, Huitzipochtli. Él, destrozado por la pérdida no soportaba vivir así. Le dolía el corazón, así que decidió sacárselo del pecho. El mundo se sumió en la oscuridad total hasta que los aztecas, desesperados, le sacaron el corazón a un joven y se lo ofrecieron al Sol. Este aún en agonía, lo aceptó y lo puso en su pecho. Era un nuevo corazón, sin dolores ni pesares, sin Xóchitl enraizada. Así el Sol resurgió. El pueblo azteca desde entonces, ofrece corazones humanos al Sol. Pero, el mundo está plagado de flores, flores hermosas que huelen a ella, así con el tiempo el recuerdo de Xóchitl vuelve nuevamente y para no sufrir exige al pueblo azteca un nuevo corazón.
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