Llegamos poco más tarde de las tres. Nos retrasamos porque mi padre hubo de ir al médico. Hace más de tres semanas que lo aqueja una tos. Mi madre había hecho Tikvenik, un pan dulce relleno de calabaza, canela y nueces. Llegando nos recibió la cónsul y su hija. Una chica de 16 años. Recuerdo que la última vez que estuve en la embajada ella había hecho plática conmigo. Se iba a ir a China, para estudiar el idioma.
Siempre acabo con la misma impresión acerca de ella. En apariencia es una chica guapa, y como muchas de ellas frívola y presumida. Siempre es ella quién se me acerca y al platicar acabo sorprendiéndome de lo lista y crítica que parece ser. Y por último me acabo aburriendo o ella se va cuando llega alguien más interesante que yo para ella. Supongo que es por eso que muchas veces la creo tan frívola, es una chica joven y guapa que siempre acaba platicando con chicos mayores que ella. Esta vez, se sentó en la mesa de nuestra familia. Con nuestra familia me refiero a mis tíos, mis padres, mi hermana y yo.
Ya no me acuerdo cómo fue que llegamos a hablar de la educación. Creo que fue porque le pregunté qué pensaba estudiar. De nuevo obtuve una respuesta inesperada, diseño o arquitectura. Yo siempre creí que no le gustaban las artes ni lo relacionado. Le pregunté dónde pensaba estudiarlo. Respondió que en Italia o Inglaterra, pero que no pensaba estudiarlo en nuestro país. Yo asentí. Le dije que el nivel de la educación había bajado muchísimo y le imprimí el tono más indignado que pude. La verdad era que yo no lo sabía. Por lo menos no por experiencia propia. Había dejado de estudiar ahí desde hace más de 13 años. Pero los conocidos y familia de allá lo decían. Los alumnos tenían fama de barbajanes incontrolables.
- Es por eso que yo no tengo amigos de mi edad - inquirió - Siempre me he juntado con gente más grande. ¿Sabes que las chicas ya no llevan libros ni cuadernos a la escuela?- me dijo.
No - le respondí.- ¿Por qué no los llevan?
- Les han preguntado y ¿sabes lo que responden? Que si llevan los libros ya no tendrán espacio para las planchas o el maquillaje.
- ¡Inaudito! ¿No es broma?- me atreví a cuestionar.
- No. Las chicas se la pasan maquillándose en el salón de clases o planchándose el cabello. Y les valen un carajo los profesores. Ellos no se atreven a tomar medidas drásticas contra los alumnos, porque inmediatamente se verían envueltos en un escándalo o demanda. Lo peor es que ves a niñas de doce años, fumando en frente de la escuela. No entran a clase hasta que se acaben su cigarro y su café. ¡Si las vieras! Les das más de dieciocho seguro. Además, van vestidas con minifaldas y con toneladas de maquillaje. Como si fueran a salir de noche. Y si les preguntas ¿por qué fuman? Te contestan: No sé, porque sí. - me causó gracia su imitación del slang nacional, ¡lo hacía a la perfección!
- Con un lenguaje de lo más vulgar. -continuó. - Yo no sé qué piensan. ¿Que a la escuela irá un David Beckham o alguien así? ¡No lo creo!
- Lo peor de todo, es que esos niños serán los encargados del país en un futuro. ¿Y sus padres? ¿Cómo es posible que sus padres los dejen así? - pregunté un poco enojada. Escuchar esas cosas le molesta a cualquiera.
- Sus padres no tienen tiempo, me respondió. Si quieres sobrevivir en el país tienes que tener más de un empleo o ganar muy bien. Sus padres rara vez están en casa y cuando regresan, están muy cansados para prestarle atención a un puberto rebelde que se encierra en su habitación. Pero por más que trabajes, es imposible que no te parezca extraño ver a tu hija de doce con plastas de maquillaje en la cara y vestida de la forma en la que lo hacen. A leguas se nota que algo no anda bien.
La verdad, me dio tanta tristeza pensar en ello, que me llené la boca con que encontré de comer en la mesa. No quería hablar, ni escuchar nada más. Ella se levantó y fue por algo de beber.
La embajada organizaba esta clase de reuniones durante las fiestas nacionales para que se reuniera la comunidad. Esta vez, era para celebrar la Navidad. Siempre nos pedían llevar algo de comer o de tomar. Así entre todos, siempre lográbamos hacer una cena abundante y con platillos tradicionales. Yo sabía bien que ella ya no iba a regresar. Mis temas se habían acabado y tenía pocas ganas de hablar. Ella se había aburrido.
Hace algún tiempo ya que iba con desgana a la embajada. Había muy poca gente de mi edad o cercana y yo no tenía intereses en común con ellos. Por eso solía llevarme libros para leer. Esta vez me acompañaba Joyce, pero a pesar del frío y de mi humor poco sociable, no podía leer. Había algo en el ambiente de esa tarde, que era distinto al de otras veces. Las conversaciones en las mesas, eran todas iguales. Recuerdos y añoranzas de tiempos pasados. En nuestra mesa, estaba sentada una pareja formada por un hombre y una mujer de edad. Ellos habían pasado mucho tiempo ya en este país, y recordaban viejas épocas en Cuba, cuando se conocieron con mis tíos, antes de abandonarla también. Recuerdo que el hombre dijo que pensaba regresarse a nuestro país. Irse a un pequeño pueblo y vivir lo que le quedaba de vida ahí. Mi padre quedó impresionado y conmovido. Se le notaba en la cara. Él siempre ha querido regresar. Escuché que le dijo a su vez pensar en lo mismo. Me pregunté entonces si en verdad lo hará. Si no fuera por nosotros él hace mucho que se hubiera regresado.
El sol se ocultaba. La cónsul se levantó y pidió la palabra. En ese momento todas las conversaciones se apagaron y todas las miradas se fijaron en ella. Solo los niños seguían correteando por ahí. En la infancia uno nunca presiente cuando algo grande está por ocurrir, se vive solo consciente de lo suyo. Juegos y fantasía.
Ella empezó a decir que le daba gusto ver a la mayoría presentes. Que se alegraba de haber conocido a cada uno de nosotros y de haber estado en el país. Recuerdo que dijo que cuando le comunicaron que venía, pensaba que llegaría a un lugar que sería pura fiesta, tequila y calor, pero se topó con algo muy diferente. Algo grande venía, yo podía sentirlo. En la atmósfera se respiraba el aire frío cargado de expectación, de nostalgia y de resignación. No era solo yo, en ese instante me percaté que todos sabían hacia dónde íbamos.
Como algunos ya saben- dijo- se cerrará nuestra embajada en este país. Mi cargo expira en Junio y nosotros no sabemos qué pasará luego. No se nos han dado más noticias. Pero si ustedes, como gente que vive en el extranjero quieren mandar una carta y protestar para no quedar desprotegidos, están en todo su derecho. Si no dejan un consulado, para arreglar sus papeles tendrán que ir a Los Ángeles. Lo siento mucho.
Se escuchaban unos cuantos murmullos recorrer las mesas. El discurso de la cónsul no paró ahí. Empezó a nombrar algunos de nosotros y presentarnos frente a los demás. Había una mujer que tenía un restaurante, dónde fuimos cordialmente invitados. Un hombre, de edad avanzada pero de una salud envidiable era miembro del comité olímpico que representaba a nuestro país en México. Había un músico, de la orquesta filarmónica, matemáticos y biólogos. También estaba la abuela Boyanka, a quién yo ya conocía. Una mujer de edad, cuyo peculiar cabello color zanahoria siempre resaltaba entre la multitud. Ella vendía yogurt y desde que nos presentaron fue del todo amable conmigo, más desde que se enteró que nací en la misma ciudad que ella. Su nieto, hábil músico, acababa de graduarse. Él no hablaba nuestro idioma, nunca lo había aprendido. Fue por eso que ella nos ofreció regalarnos sus libros. No había nadie después de ella que los leyera. Yo estaba feliz con la idea. Me gustaban los libros.
El discurso y las palabras bonitas se acabaron, pero permaneció un sentimiento de hermandad que antes no se había sentido tanto en ese pequeño cacho de tierra nuestra en un país lejano. El saberlo perdido y nosotros regados nos unía como nunca. Pusieron música y muchos fueron a bailar. Yo miraba desde lejos. Entonces entendí que había perdido parte de mi identidad. No estaba ya en mí bailar como ellos. Aún en esos momentos, cuando todos se paraban a intercambiar palabras, direcciones y buenos deseos, miraba de lejos, como alguien ajeno. Ahí, al final de todas las cosas, sabiendo que era probable no ver a ninguno de ellos de nuevo, ni pisar ese lugar nunca más. La nostalgia nos inundaba a todos, de cierto modo se sentía como partir de nuevo. Dejar ese espacio de patria. El país se olvidaba de nosotros. Nosotros, los que primero lo dejamos a él, ahora nos dejaba a su vez. Las muchachas jóvenes y viejas bailaban, los hombres brindaban y platicaban animadamente. Nadie quería partir. Nadie quería pensar en la idea de que no habría retorno.
Me acerqué a mis padres y mis tíos. Ya tenía mucho frío. Ellos hablaban con otro amigo. Planeaban como hacer que dejaran por lo menos el consulado. Querían mandar una carta. Se corregían mutuamente en qué poner y cómo hacerlo para tener éxito. Su charla duró otro rato, al final uno de ellos dijo: - Hagamos lo que hagamos, no hay garantía de nada.
Los demás asintieron. Lo sabían bien. Mi madre también tenía frío y por fin convencimos a mi padre de partir. La cónsul nos acompañó. Nos deseamos lo mejor y una feliz Navidad.
Nunca antes, como en esa ocasión sentí a toda esa gente, que veía dos veces al año, como parte de mi familia. Al despedirnos cada uno de ellos me besaba y abrazaba como si fueran ellos mis abuelos, los mismos que me despidieron hace tantos años de la tierra natal. Fui a despedirme también de la hija de la cónsul. Ella era la que guiaba los bailes. La abracé y sinceramente lamente de todo corazón las veces que dije que ya no quería volver a ir. Sabía que ese sentimiento tenía un nombre, pero no me llegaba a la cabeza. Nos fuimos sin esperar a que lo supiera.
Hoy saliendo a la calle muy de mañana, con el frío congelándome las orejas, llegó de golpe. La palabra me llegó tan de repente que incluso me paré en seco en la calle. Aquel sentimiento era la saudade.
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