Estoy cansado. Llegué a estas islas Lau, jodidas islas en medio del océano pacífico, para perderme del mundo y parece que finalmente lo he conseguido. Ella sigue en mí memoria, pero yo ya no estoy a su espera, cuando menos. Todo comenzó hace dos años, tres meses y 24 días. Ja ja ja, esto suena muy obseso pero puedo asegurar que no es así, por un lado la conocí en un día especial, 2 de noviembre, y por otro mi computadora puede contar los días que han pasado de esa fecha sin el menor esfuerzo, luego entonces, solo es mi gusto por darles números exactos.
Todo lo anterior está muy bien, pero retomemos. Me gustaría decir que yo la ví pasear desde muy lejos y quedé prendado de ella, pero mentiría. Ella era amiga del intento de conquista de un amigo mío. Nos salubamos en ocasiones con más formalidad e indiferencia que otra cosa, ambos nosotros jugando al celestinaje de ese bosquejo de pareja que las respectivas amistades intentaban comenzar. Así pues la conocí.
El tiempo pasó, como tiene a bien hacer el tiempo la gran mayoría de las veces, lentamente en esa época. Recuerdo las tortuosas imprecaciones de mi amigo por aquella señorita que, aunque no mostraba indiferencia, tampoco dejaba ver algún signo de avance. Entonces yo, llenó de un sentimiento empático iba e intentaba indagar sobre las posibiliades de este para con su amada conversando con Mariana.
Las primeras veces que escuché su nombre me parecía de lo más terrenal, llano, sin gracia. Eramos conocidos que se saludaban alguna vez por los pasillos de la otrora impoluta escuela nacional que en su enormidad engullía a cualquiera que osase traspasar sus puertas. Un día, no recuerdo bajo que etílica circunstancia, me enteré de la vida de Mariana mientras conversaba con su amiga intentando convencerla de acceder a salir una vez más con el fallido Romeo que se afanaba en representar mi camarada.
Mariana pues era actriz. Mariana era extranjera y tenía un apellido la mar de particular en este país de Hernández y González, no puedo revelar el nombre pues bien puede darse el caso de que se vuelva famosa y no es lo más conveniente que se sepa más de lo que ella considere prudente. A Mariana comencé a llamarla señorita Kalashnikov.
Nuestra relación se volvió más estrecha sin notar como. Yo intentaba compartirle mi gusto por, oh pesar del cielo, la ciencia ficción. A ella le interesaba bien poco.esto. Ella me contaba de ensayos y obras de teatro, afirmaba con vehemencia queel ser humano había llegado a la cúspide de la civilización occidental en el siglo XIX y que todo después de eso había sido cuesta abajo. Ella me contaba de su tierra natal y yo de la mía, lejanos pueblos perdidos en la orilla de sus respectivos mundos.
Cierta tarde bajo la sombra de un pino intenté besarla. Ella se apartó de mí. Yo desconcertado me alejé corriendo. Al día siguiente nos encontramos por los pasillos y me saludó como si nada hubiera sucedido. En ese momento dentro de mí se lo agradecí infinitamente. Nos volvimos amigos, supongo que algo más que amigos. Recuerdo su cabello ondulado y negro, siempre recogido y su sonrisa burlona mientras me contaba su sueño, viajar a una isla del pacífico y alejarse de todo y de todos, estar muerta en vida.
Con el tiempo ella se volvió el personaje principal de mí mundo. Yo la visitaba casi a diario, la acompañana a algunos ensayos y le ayudaba a memorizar líneas. Ella siempre me convidaba a las reuniones con sus amigos del drama. Allí me sentía como un tipo raro siendo disectado por artrópodos gigantes pero no me importaba gran cosa.
El día de mi cumpleaños fuímos al cinema. Ella me pidió que cerrara los ojos porque tenía una sorpresa para mí. Los cerré. Ella me besó. Me volví loco en ese momento, era feliz. En la película nos tomamos de la mano y al salir la tomé de la cintura. La acompañé a casa en espera de que ese beso se repitiera. Mis intentos por acercarme a ella en el camino fueron infructuosos por decir lo menos. Al despedirnos me dejó probar una vez más sus labios. Una explosión más recorrió mi cuerpo.
Al día siguiente cuando nos vimos en la escuela ella me saludó como si nada hubiera sucedido. Me sentí perdido. Quise hablar del asunto pero ella me recordó la necesidad de ir a su clase. Le pregunté nuevamente y se hizo la desentendida. Le volví a preguntar y me contesó que me quería mientras se acercaba a mí y me besaba. Fuí nuevamente feliz. Así pasó el tiempo, frente al mundo era su amigo, a solas algo más, algunas veces. Dicen que me convertí en su juguete, yo la amé.
El día del estreno de su obra conocí a su novio.
-El es Juan, mi amigo, él es Aleksandr, mi novio- dijo ella cuando nos presentó en la fiesta posterior.
-Mucho gusto, Juan Collado- contesté con el aliento que me quedaba.
-Un placer, Aleksandr Prudnikov-dijo él en un español con acento centroeuropeo perfectamente medido.
Posterior a eso dejé de buscarla. Ella dejó de buscarme, si es que alguna vez lo había hecho. Me sentí diminuto y perdido. Como ella, musa, perfecta, hermosa, se iba a fijar en un Juan Collado cualquiera como yo.
Volví a la escuela pero no pude de ahí en más estar bien a su lado. Dos cosas me reventaban, ese prototipo de bailarín ruso que estaba al lado de Mariana, y el saber que no había nada que yo pudiera reclamar. Dejé todo y me fuí.
Así es como llegué a este lugar quisiera pensar que para olvidar. Sin embargo yo sé bien que el estar aquí para mí solo es otra forma de esperarla. Yo aguardo a que cumpla su sueño y aparezca pronto por el horizonte. ¿Al final no era ella una isla que no me dejaba entrar en su terreno?
Todo lo anterior está muy bien, pero retomemos. Me gustaría decir que yo la ví pasear desde muy lejos y quedé prendado de ella, pero mentiría. Ella era amiga del intento de conquista de un amigo mío. Nos salubamos en ocasiones con más formalidad e indiferencia que otra cosa, ambos nosotros jugando al celestinaje de ese bosquejo de pareja que las respectivas amistades intentaban comenzar. Así pues la conocí.
El tiempo pasó, como tiene a bien hacer el tiempo la gran mayoría de las veces, lentamente en esa época. Recuerdo las tortuosas imprecaciones de mi amigo por aquella señorita que, aunque no mostraba indiferencia, tampoco dejaba ver algún signo de avance. Entonces yo, llenó de un sentimiento empático iba e intentaba indagar sobre las posibiliades de este para con su amada conversando con Mariana.
Las primeras veces que escuché su nombre me parecía de lo más terrenal, llano, sin gracia. Eramos conocidos que se saludaban alguna vez por los pasillos de la otrora impoluta escuela nacional que en su enormidad engullía a cualquiera que osase traspasar sus puertas. Un día, no recuerdo bajo que etílica circunstancia, me enteré de la vida de Mariana mientras conversaba con su amiga intentando convencerla de acceder a salir una vez más con el fallido Romeo que se afanaba en representar mi camarada.
Mariana pues era actriz. Mariana era extranjera y tenía un apellido la mar de particular en este país de Hernández y González, no puedo revelar el nombre pues bien puede darse el caso de que se vuelva famosa y no es lo más conveniente que se sepa más de lo que ella considere prudente. A Mariana comencé a llamarla señorita Kalashnikov.
Nuestra relación se volvió más estrecha sin notar como. Yo intentaba compartirle mi gusto por, oh pesar del cielo, la ciencia ficción. A ella le interesaba bien poco.esto. Ella me contaba de ensayos y obras de teatro, afirmaba con vehemencia queel ser humano había llegado a la cúspide de la civilización occidental en el siglo XIX y que todo después de eso había sido cuesta abajo. Ella me contaba de su tierra natal y yo de la mía, lejanos pueblos perdidos en la orilla de sus respectivos mundos.
Cierta tarde bajo la sombra de un pino intenté besarla. Ella se apartó de mí. Yo desconcertado me alejé corriendo. Al día siguiente nos encontramos por los pasillos y me saludó como si nada hubiera sucedido. En ese momento dentro de mí se lo agradecí infinitamente. Nos volvimos amigos, supongo que algo más que amigos. Recuerdo su cabello ondulado y negro, siempre recogido y su sonrisa burlona mientras me contaba su sueño, viajar a una isla del pacífico y alejarse de todo y de todos, estar muerta en vida.
Con el tiempo ella se volvió el personaje principal de mí mundo. Yo la visitaba casi a diario, la acompañana a algunos ensayos y le ayudaba a memorizar líneas. Ella siempre me convidaba a las reuniones con sus amigos del drama. Allí me sentía como un tipo raro siendo disectado por artrópodos gigantes pero no me importaba gran cosa.
El día de mi cumpleaños fuímos al cinema. Ella me pidió que cerrara los ojos porque tenía una sorpresa para mí. Los cerré. Ella me besó. Me volví loco en ese momento, era feliz. En la película nos tomamos de la mano y al salir la tomé de la cintura. La acompañé a casa en espera de que ese beso se repitiera. Mis intentos por acercarme a ella en el camino fueron infructuosos por decir lo menos. Al despedirnos me dejó probar una vez más sus labios. Una explosión más recorrió mi cuerpo.
Al día siguiente cuando nos vimos en la escuela ella me saludó como si nada hubiera sucedido. Me sentí perdido. Quise hablar del asunto pero ella me recordó la necesidad de ir a su clase. Le pregunté nuevamente y se hizo la desentendida. Le volví a preguntar y me contesó que me quería mientras se acercaba a mí y me besaba. Fuí nuevamente feliz. Así pasó el tiempo, frente al mundo era su amigo, a solas algo más, algunas veces. Dicen que me convertí en su juguete, yo la amé.
El día del estreno de su obra conocí a su novio.
-El es Juan, mi amigo, él es Aleksandr, mi novio- dijo ella cuando nos presentó en la fiesta posterior.
-Mucho gusto, Juan Collado- contesté con el aliento que me quedaba.
-Un placer, Aleksandr Prudnikov-dijo él en un español con acento centroeuropeo perfectamente medido.
Posterior a eso dejé de buscarla. Ella dejó de buscarme, si es que alguna vez lo había hecho. Me sentí diminuto y perdido. Como ella, musa, perfecta, hermosa, se iba a fijar en un Juan Collado cualquiera como yo.
Volví a la escuela pero no pude de ahí en más estar bien a su lado. Dos cosas me reventaban, ese prototipo de bailarín ruso que estaba al lado de Mariana, y el saber que no había nada que yo pudiera reclamar. Dejé todo y me fuí.
Así es como llegué a este lugar quisiera pensar que para olvidar. Sin embargo yo sé bien que el estar aquí para mí solo es otra forma de esperarla. Yo aguardo a que cumpla su sueño y aparezca pronto por el horizonte. ¿Al final no era ella una isla que no me dejaba entrar en su terreno?
0 comentarios:
Publicar un comentario
Hola. Saludos.